¿Te acuerdas del día que viste el Himalaya por primera vez? fue en aquella revista de viajes, no recuerdo su nombre, la verdad. Recuerdo tu cara y los ojillos con los que mirabas la cumbre y pensabas en que tu serías el siguiente en intentarlo.
Vi como alquilaste el equipo, te mentalizaste de que no iba a ser un camino fácil pero merecía la pena intentarlo. Un día empaquetaste tus cosas y cargaste la mochila al hombro, con tus miedos y deseos correspondientes. Les comunicaste a todos cual era tu reto y que te disponías a conseguirlo, o al menos a intentarlo.
Hace días que te adentraste en tu aventura, supongo que con ferviente deseo a coronar la cumbre, con ganas de clavar la bandera y mirarnos a todos como hormiguitas debajo de la cúspide.
Cual es mi sorpresa cuando entre interferencias y vientos del norte me comunicas que no, que te has quedado a escasos metros de la cumbre. Que pasas de coronar la cúspide, que te das la vuelta y que vuelves a casa, que lo dejas, que abandonas…
Y yo, pues no doy crédito. Después de reunir las fuerzas necesarias, coger la mochila y comenzar tu andadura, no me creo que lo vayas a tirar todo por la borda. Debe ser que yo no escalo, y no entiendo como funciona tu mente. Pero igual deberías sentarte, con los pros y los contras en una mano y pensar si ha merecido la pena intentarlo, y si un atisbo de sonrisa se ilumina en tu cara al recordar tus pasos recorridos, continua, y si son todo pegas, recoge los bártulos y baja de la cumbre, vuelves a casa y game over.



