mar de lágrimas

La ventana estaba abierta y no encontraba a Manuel por ningún lado… estaba desesperada, el pequeño había desaparecido y ella no sabía donde buscarlo. Corrió escaleras abajo, metió los pies en sus deportivas sucias, estaban mojadas y con restos de barro, no había dejado de lloviznar en los últimos días. Se abrochó el cinturón de la bata y salió a la calle.

Su calle no era demasiado grande, y desembocaba en una pequeña plazoleta donde los lugareños se agolpaban los días de mercado, vociferaban los tenderos sus gangas y sus frutas y verduras al mejor precio, pero hoy no había mercado, y la plaza estaba desierta.

Manuel acababa de llegar a España, solamente contaba 15 años de edad y todo picaba la curiosidad del muchacho. Su tez era oscura, y sus manos grandes y recias, casí tanto como su alma, que se había ido endureciendo con el paso de los años. El jóven nunca había estado en nuestro país, y menos en aquella aldea del interior, y René todavía no le había enseñado las cuatro casas ni el campanario. Era temprano, acababa de llegar, solamente habían pasado unas horas desde su arribo.

René había recorrido toda la encrucijada de calles, y se encontraba completamente calada con las lágrimas resbalándole por sus mejillas, nunca antes había sentido tanto miedo, no en este país ni en aquella aldea. Siempre se había guiado por sus impresiones, pero hoy su intuición, su sexto sentido la había abandonado. No encontraba caminantes, nadie en su sano juicio habría permanecido en la calle con aquel temporal.

Las ventanas se cerraban de forma brusca, las doñas pegaban su nariz congelada al cristal, y observaban curiosas la andanza de la muchacha, pero ninguna se dignaba a ayudarla, nadie preguntaba, nadie se movía, nadie, porque René era una mera forastera, como tantas otras, que estaba en el pueblo de paso, que “les robaba a los hombres” y se quedaba con sus trabajos, una de tantas, una de esas.

Manuel mientras tanto caminaba en dirección opuesta, alguien le había comentado que en una aldea vecina podia contemplar el mar, pero para él el mar era algo mucho más mágico que para todos nosostros. El mar era ese algo inmenso que siempre había visto retratado pero nunca había podido contemplar. Las suelas de sus botas casi eran inexistentes, y el frio en sus manos atroz, sus cabellos ensortijados iban absorviendo el agua, y la sobrante se deslizaba por su nariz tosca y sus labios carnosos y prominentes.

Estaba decidido, era su primer día en el pueblo y no podia permitirse dormir, ya no, lo había intentado durante las horas de viaje, durante aquellos interminables días escondido en aquel camión. Uno de esos enormes un trailer había oido decir al conductor. Pero hoy era el primer día del resto de su vida, era como un nacimiento, eso sí mucho más grande, aunque no menos tortuoso para el chico.

De repente, lo vió, y un escalofrio recorrio su cuerpo mestizo, cada vez estaba más cerca, era como un imán, había una fuerza que le impulsaba a acercarse a él, fue descendiendo precipitadamente por los acantilados, trepaba entra las rocas, y sus menudos brazos y piernas no sentian cansancio ni frio, sus huesos pesaban menos y sus cuerpo se movia agil entre tan escarpada montaña.

René no podía parar de llorar, y fue justo en ese instante cuando un pensamiento la recorrió entera, un mar de lagrimas, ¡un mar de lágrimas! consiguió deshacerse de su bata empapada que pesaba demasiado y la impedia moverse, y sus pies comenzaron a cambiar recorriendo el mismo camino que Manuel, anduvo sus pasos hasta que llegó al acantilado y entre asustada y feliz por haber tenido tan brillante idea, le vio.

Le vio a lo lejos, le vio como mojaba sus pies en el agua, vio su diminuto cuerpo en la lejania y entonces y sólo entonces, pudo iniciar el camino a casa. Pero sus pensamientos se entremezclaban sin cesar, y si el chico decidía meterse en el agua, Manuel no sabía nadar, nunca antes se había bañado en aguas profundas, todo lo más un pequeño riachuelo vecino a su casa.

El chico también había visto a René desde la playa, y se dió cuenta de lo grave de su escapada, volvió a introducir los pies en sus botas y emprendió el camino de subida. La muchacha no podía dejar de mirar la playa, y no le veia, ya no veia su diminuta cabecita rizada, y le entró el pánico, y ¿si a Manuel se lo había tragado el mar? No no era una respuesta válida, ni un hecho probable…

A Manuel ¡No! no antes de que supiera que era su hijo…

PD. Como ves he cumplido mi parte del trato, este es sólo el primer intento.
PD2. Dubrovnik

2 pensamientos en “mar de lágrimas

  1. 😀
    Prueba superada! Lo primero, es, que lo has conseguido. Muchas veces, aunque tengamos un pie que nos mete en la historia, desarrollar esta nos cuesta y aparece algo forzado y da la sensación que ha sido alargado hasta no poder más. No es tu caso. El ritmo es bastante bueno, aunque quizá se hace un pelín largo la parte en que el chico llega a la playa, pero igual son cosas mías. Hay algunas cosas(puntos, comas, etc..) que creo que podrían quedar mejor de otra manera, te los subrayo y los mando por mail. Ok?Un beso

  2. Port cierto, me recuerda a una película que se llama “los 400 golpes”, de François Truffaut.😀

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