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Jaisalmer: aventura en la cuidad dorada 


Conseguimos llegar a Jaisalmer tras nuestro interminable viaje en tren. La llegada al Zostel Helsinki House no pudo ser más reconfortante una ducha gigante y una cama de 2×2, el cielo tras nuestro cubículo durante mogollón de horas.
Tras reponer fuerzas volvimos a la carga con un calor de mil demonios 39 grados. Recorrimos los tres principales Havelis de Jaisalmer, hay que aclarar que es conocida como la cuidad dorada porque todas sus construcciones se elaboran a partir de una arena de este color. Los palacios pertenecían a las principales familias de la zona que se enriquecieron con el comercio de opio, piedras preciosas y la ruta de la seda. 


Son increíbles las tallas en cada una de sus paredes, ventanas y recovecos. Más tarde nos dirigimos a la puerta de la cortesana “Tilom Ki Pol” que lleva al lago artificial de Jaisalmer que sirvió como reserva de agua durante años. 

Exhaustos volvimos a nuestra humilde morada a reponer fuerzas. Aunque picante la comida está exquisita.

Esta misma mañana amanecimos temprano y nos dirigimos al fuerte, si algo caracteriza a esta ciudad es su fuerte, posiblemente el fuerte habitado más grande del mundo con 3.000 personas en su interior. 


Paseamos por los templos jainistas e hinduista y alucinamos con el palacio del fuerte, aunque los 39 grados no ayudan mucho durante las visitas.


Aprendimos la lección y durante las horas de más calor volvimos al hotel, una excursión en camello nos esperaba. Dicho y hecho, nos subimos hacinados al jeep con una pareja China, un padre y un hijo que se llevan más de 49 años y dos jóvenes que viajaban solos. Sonaba a chiste y así ha sido nuestra tarde noche. 


Más de una hora a lomos de una camella recorriendo el desierto a 25km de Pakistán, disfrutando de unas cervezas sentados frente a la inmensidad de las dunas y seis adultos que sin conocerse de nada disfrutan como niños saltando dunas abajo. 


​​Pero no todo iba a ser de color de rosa, aparte del cielo, de repente todo empezó a oscurecerse y una tormenta asomaba sobre las dunas. El grueso del grupo se quedó a pernoctar y nosotros decidimos volver. Los dos solos, con un conductor que no hablaba nada de inglés, y un granizo en el desierto que nadie esperaba.


Ahora sentados sanos y salvos en el tejado del hotel sonreímos al pensar que bien hicimos en no contratar la noche a la intemperie. 

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